Una travesía transoceánica marcó el inicio de un oscuro episodio que desafió por completo los límites éticos y científicos de la época. Incluso en la actualidad, este sombrío capítulo histórico sigue alimentando el intenso debate sobre cómo las instituciones trataron a las poblaciones indígenas y la urgencia de restituir sus restos mortales.
A finales del siglo XIX, las galerías neoyorquinas se abarrotaban de artefactos exóticos para saciar la curiosidad de una sociedad ávida de espectáculo. En medio de este escenario mercantilista aterrizó Minik, un niño inuit de apenas siete años originario del norte de Groenlandia. El pequeño viajó hasta la imponente metrópolis acompañado de su padre y otros cuatro integrantes de su comunidad.
Durante buena parte de su infancia, el chico creyó firmemente que su progenitor, Qisuk, descansaba en paz tras recibir los ritos funerarios tradicionales. La cruda realidad salió a la luz años después, cuando sus propios compañeros de colegio le revelaron el macabro engaño. Su supuesto entierro no fue más que un montaje teatral, ya que el Museo Americano de Historia Natural había conservado los huesos en secreto para exhibirlos al público.
Semejante hallazgo destrozó de inmediato la confianza del joven hacia quienes se habían encargado de su crianza en Estados Unidos. A partir de ese instante, emprendió una batalla legal y personal tan agotadora como infructuosa para lograr que la osamenta paterna fuera repatriada a su tierra natal.
Un cruel espectáculo disfrazado de sepelio
Fue el célebre explorador ártico Robert Peary quien trasladó a este grupo de inuits desde las gélidas tierras septentrionales hasta territorio estadounidense en 1897. Los registros históricos apuntan a que el investigador les prometió un viaje seguro de vuelta en un plazo máximo de doce meses.
Sin embargo, los hechos demostraron una frialdad absoluta por parte de los organizadores. Todo el grupo acabó confinado en los amplios sótanos de la institución, utilizados como meros especímenes de estudio y como atracción turística para la prensa y los visitantes de pago. Esta deplorable situación reflejaba a la perfección la mentalidad de una época que cosificaba a las comunidades nativas en nombre del supuesto progreso académico.
Apenas transcurrieron unas semanas antes de que los recién llegados contrajeran una grave infección por tuberculosis. Para febrero de 1898, la enfermedad había segado la vida de Qisuk. Su hijo recordaría después con enorme ternura el último aliento de su padre, quien le aseguró que su espíritu velaría por él durante el resto de la eternidad.
Los responsables del recinto orquestaron un falso funeral diseñado para imitar las costumbres árticas ante los ojos del huérfano. Debajo del sudario no yacía un cuerpo, sino un simple tronco de madera. Simultáneamente, el cadáver verdadero era sometido a una autopsia clandestina; sus huesos fueron limpiados, catalogados y añadidos a las inmensas vitrinas del edificio.
El trágico desenlace de la expedición
- Qisuk falleció de forma prematura poco después de desembarcar en América.
- Otros tres integrantes de la comitiva sucumbieron a la patología pulmonar poco tiempo después.
- De los cinco adultos inuit originales, únicamente sobrevivió Uisaakassak, quien finalmente logró retornar a las costas de Groenlandia.
Una existencia desgarrada entre dos mundos
El curador William Wallace decidió intervenir y acogió al menor huérfano en el seno de su propio hogar. El niño se escolarizó en el sistema estadounidense, adaptándose poco a poco al frenético ritmo neoyorquino. Evidentemente, descubrir la atroz realidad sobre los restos de su progenitor marcó un antes y un después en su proceso de asimilación.
Los documentos de la época evidencian las incansables peticiones del joven para recuperar el esqueleto robado. Tristemente, cada una de sus súplicas chocó contra el muro de la indiferencia institucional y la negativa absoluta de la dirección del museo.
Para 1909, logró emprender el viaje de regreso a Groenlandia, aunque para entonces su idioma materno era prácticamente un recuerdo borroso. A pesar de colaborar estrechamente con figuras históricas como Knud Rasmussen y Peter Freuchen, la sensación de desarraigo nunca lo abandonó. Ese profundo vacío emocional lo empujó a cruzar el océano una vez más en 1916.
De nuevo en Estados Unidos, se instaló en las afueras de Pittsburgh, donde ejerció como leñador y convivió con la familia Hall. Su tumultuosa biografía se truncó de forma abrupta en 1918, al convertirse en una víctima más de la letal pandemia de gripe española. Sus restos reposan desde entonces en un modesto cementerio situado a orillas del río.
Esta dolorosa crónica alcanzó cierta justicia poética en 1993, año en el que la entidad accedió finalmente a devolver la osamenta de Qisuk. Este hito coincidió con una creciente oleada de presión social para obligar a los centros de investigación a repatriar aquellos restos humanos obtenidos mediante prácticas que, bajo la lupa actual, resultan completamente inadmisibles.













