Un psicólogo forense culpa a Hollywood por el alto número de asesinos en serie en EE. UU.

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Aunque la figura del asesino múltiple existe en todos los rincones del planeta, la cultura estadounidense fomenta un entorno excepcionalmente propicio para su proliferación. Tras llevar a cabo un exhaustivo estudio sobre la percepción criminal en 35 naciones, el doctor en psicología forense Eric Hickey ha revelado contrastes muy reveladores. Su análisis especializado evidencia que los medios occidentales, y muy especialmente los norteamericanos, exponen los crímenes sangrientos con un nivel de detalle inaudito en el resto del mundo.

Por su parte, la industria cinematográfica ejerce una influencia determinante en esta preocupante dinámica. El sector del entretenimiento posee una asombrosa facilidad para convertir la violencia más descarnada en un producto de masas, lo que a menudo termina idealizando estas atrocidades ante la opinión pública.

Esta incesante exposición mediática es capaz de despertar impulsos letales y altamente competitivos en mentes vulnerables. Al consumir narrativas rebosantes de detalles morbosos sobre homicidios, ciertos individuos se sienten empujados a replicar las escenas ficticias. Llegan a desarrollar la falsa creencia de que pueden superar a los homicidas célebres de la pantalla, ya sea acumulando un mayor número de víctimas o burlando a las autoridades con mayor astucia.

El papel del género y la gestión de los traumas

Sin embargo, el consumo de contenidos violentos no basta para justificar por qué la inmensa mayoría de estos criminales son varones. Las evaluaciones clínicas apuntan más bien a profundas divergencias psicológicas en la manera en que ambos sexos procesan las heridas emocionales tempranas.

Es habitual arrastrar traumas severos desde la infancia hasta la edad adulta, pero las expectativas sociales suelen empujar a los hombres hacia una explosión violenta de su tormento interior. Por el contrario, las mujeres canalizan el sufrimiento mental mediante mecanismos de afrontamiento radicalmente distintos.

Las estadísticas criminológicas indican que la población femenina apenas representa un modesto dieciséis por ciento del total de asesinos seriales. Esta abismal diferencia se debe, fundamentalmente, a que la psique de la mujer tiende a buscar alternativas mucho más pacíficas para reconciliarse con las adversidades y los fantasmas del pasado.

Una mente fría e incapaz de sentir empatía

Más allá de las diferencias de género, el rasgo clínico más definitorio en la mente fracturada de un asesino en serie es su absoluta incapacidad para conectar emocionalmente con su entorno. Existe un mito social muy arraigado que sugiere que estos despiadados verdugos, tarde o temprano, experimentarán culpa y llorarán la pérdida de quienes asesinaron.

Pero la auténtica realidad psiquiátrica resulta mucho más perturbadora y fría.

Al analizar el perfil de criminales tristemente célebres como Jeffrey Dahmer, queda patente que este tipo de individuos únicamente derraman lágrimas por sí mismos y por el colapso de su propio destino. Las revisiones psiquiátricas confirman que los delincuentes con patrones necrófilos del calibre de Dahmer experimentan tristeza, pero esta no nace bajo ningún concepto del arrepentimiento por haber arrebatado vidas ajenas.

En realidad, no albergan ni el más mínimo apego emocional hacia sus víctimas. Su honda desesperación surge exclusivamente de la cruda certeza de que han desperdiciado su propia existencia de forma definitiva.

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