En las profundidades de Ereván, la bulliciosa capital de Armenia, un centro médico sumamente inusual se enfrenta a la peor crisis de su historia. Tras siete años sin recibir ningún tipo de respaldo económico estatal, este singular espacio subterráneo dedicado a la salud pulmonar corre el serio riesgo de cerrar sus instalaciones de manera definitiva.
El fascinante complejo terapéutico se encuentra oculto en el interior de Avan, una mina de sal que todavía sigue operativa. En este entorno, los especialistas aplican un enfoque alternativo denominado espeleoterapia, una técnica que aprovecha al máximo el microclima hipersalino y tremendamente estable de estas cavernas.
Por norma general, el ciclo terapéutico dura unas tres semanas, durante las cuales los visitantes pasan cerca de seis horas diarias en el subsuelo. Quienes defienden esta disciplina aseguran que respirar un aire tan saturado de minerales, sumado a la temperatura inalterable y la ausencia casi total de alérgenos, ofrece un alivio profundo para pacientes que sufren asma, bronquitis o afecciones crónicas en los senos paranasales.
Un recorte drástico en la financiación pública
Los orígenes de esta práctica nos remontan al año 1987, momento en que diversos investigadores notaron algo sorprendente: los trabajadores de las minas salinas presentaban tasas extraordinariamente bajas de patologías respiratorias. Este revelador hallazgo impulsó la creación de múltiples sanatorios similares a lo largo de Europa del Este y la antigua Unión Soviética.
Durante décadas, el sistema sanitario armenio cubrió todos los gastos de estas estancias bajo tierra, atrayendo a miles de personas anualmente. La doctora Anush Voskanyanová, figura médica del centro, recuerda con nostalgia aquella época dorada en la que podían atender simultáneamente hasta a sesenta pacientes sin la menor dificultad.
Sin embargo, el panorama cambió radicalmente en 2019, cuando el gobierno decidió suprimir cualquier tipo de subsidio. Las autoridades argumentaron que no existía suficiente respaldo científico para seguir destinando fondos públicos a terapias alternativas. Actualmente, cada sesión tiene un coste aproximado de 23 euros, un importe que los propios usuarios deben asumir íntegramente de sus bolsillos.
Como resultado directo, la afluencia de público ha caído en picado, dejando las inmensas bóvedas rocosas prácticamente vacías la mayor parte del tiempo. Hoy en día, es bastante habitual que acudan apenas cinco personas a las jornadas de terapia.
«Nos encontramos al borde del cierre total y definitivo», advierte con preocupación la doctora Voskanyanová. «Por ahora seguimos funcionando, pero nuestros medios económicos se han reducido a lo esencial. Podríamos vernos obligados a clausurar la mina de la noche a la mañana».
Escepticismo clínico frente a los testimonios de los pacientes
En los vastos pasillos de salmuera, los termómetros marcan unos inmutables 19 °C en cualquier época del año. A lo largo de su estancia, los visitantes aprovechan las horas para descansar en camas habilitadas, dar paseos tranquilos por los túneles y practicar rutinas específicas de respiración.
Según la experiencia clínica de Voskanyanová, se han registrado casos muy alentadores de niños que han dejado de sufrir crisis asmáticas severas tras completar el programa. No obstante, el principal escollo frente a la comunidad médica tradicional es que faltan ensayos clínicos rigurosos y documentados que logren avalar estas recuperaciones de forma incuestionable.
A pesar de las dudas institucionales, esta iniciativa subterránea supone un salvavidas invaluable para muchas personas. Mikayel Torosian, aquejado de asma, relata cómo estas incursiones bajo la superficie le han proporcionado una mejoría superior a cualquier fármaco convencional que haya probado. Su vivencia personal, afirma, ha transformado por completo la opinión que tenía sobre las terapias no tradicionales.
Aun así, los estudios científicos en torno a la espeleoterapia siguen siendo bastante escasos en la actualidad. La gran mayoría de los neumólogos consideran esta práctica simplemente como un recurso complementario para mitigar síntomas, subrayando que jamás debe sustituir a los tratamientos médicos convencionales.
Con este panorama de fondo, la supervivencia de esta extraordinaria instalación bajo tierra depende ahora exclusivamente de aquellos pacientes dispuestos a invertir sus propios ahorros. Son ellos quienes mantienen vivo un tratamiento tan controvertido como esperanzador, huérfano ya del aval oficial del Estado.













