Trump sugiere un posible apoyo a Netanyahu a cambio del plan para Gaza

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El expresidente estadounidense mantiene abierta la posibilidad de respaldar políticamente a Benjamin Netanyahu de cara a los próximos comicios en Israel. Sin embargo, Donald Trump utiliza astutamente esta baza como una herramienta de negociación innegable. Su objetivo estratégico resulta evidente: forzar al primer ministro israelí a dar luz verde a la siguiente etapa del plan de Estados Unidos para la Franja de Gaza.

Esta audaz maniobra diplomática podría marcar un antes y un después en el porvenir político del mandatario israelí. Con total claridad, el magnate norteamericano ha dejado caer que exige avances palpables sobre la mesa. Las recientes declaraciones sugieren que cualquier respaldo público previo a la cita electoral de octubre dependerá, casi en exclusiva, de las determinaciones que adopte el actual gabinete de Israel en el corto plazo.

Durante una llamativa intervención televisiva en la cadena Fox News, el antiguo inquilino de la Casa Blanca señaló que lo más «adecuado» sería mantenerse al margen de las votaciones programadas para el 27 de octubre. Pese a ello, no tardó en soltar un comentario enigmático al añadir que, de todos modos, «podría apoyar a alguien». Quienes analizamos a fondo la geopolítica de Oriente Próximo interpretamos estas palabras como un ejercicio sumamente pulido de presión política.

Aunque contar con el beneplácito de Washington reforzaría sin duda el liderazgo del primer ministro a nivel interno, ceder ante las exigencias sobre Gaza amenaza con deteriorar de forma irreversible su reputación entre el electorado más conservador.

El plan para Gaza como un laberinto político

La tensión sobre el ejecutivo de Israel se intensificó notablemente tras el encuentro a puerta cerrada que mantuvo el enviado especial Jared Kushner con Netanyahu en Jerusalén. El propósito central de esta compleja reunión fue trazar la hoja de ruta exacta hacia un futuro acuerdo pacífico.

El esqueleto de esta propuesta estadounidense plantea condiciones francamente estrictas:

  • La facción de Hamás deberá entregar íntegramente su armamento en un margen de entre 30 y 90 días.
  • Durante ese mismo lapso, se exige la demolición total de las redes de túneles subterráneos.
  • Como contrapartida, Israel tendría que iniciar una retirada escalonada de sus tropas desplegadas en el enclave palestino.

Precisamente, esta última exigencia supone un obstáculo monumental para Jerusalén. En múltiples ocasiones, el propio líder israelí ha recalcado que sus soldados no abandonarán las zonas controladas hasta lograr el desarme absoluto del enemigo. No obstante, tras las conversaciones con Kushner, el despacho oficial del primer ministro dejó entrever un leve cambio de rumbo al comprometerse a crear un grupo de trabajo específico centrado en la desmilitarización del territorio.

Desde la organización Board of Peace confirmaron al rotativo The Hill que la premisa fundamental sigue intacta. Bajo ningún concepto se producirá un repliegue de las Fuerzas de Defensa de Israel antes de que Gaza quede totalmente desprovista de armamento, lo que implica erradicar tanto los arsenales militares como la totalidad de los pasadizos secretos.

Si observamos la situación desde el prisma de la política nacional, estamos ante un terreno extremadamente pantanoso. La extensa trayectoria del mandatario israelí se cimenta sobre la imagen de ser un defensor implacable de la seguridad estatal. Por este motivo, cualquier mínimo gesto de condescendencia hacia Hamás desataría un auténtico vendaval de críticas entre sus seguidores más acérrimos.

La prestigiosa periodista local Tal Schneiderová alerta de que una variación en esta postura podría acarrear resultados fatídicos para el jefe de gobierno. Si la verdadera intención de Trump fuera dinamitar el liderazgo de su homólogo, presionar con el delicado asunto gazatí sería la herramienta perfecta para generar un caos político irreparable.

El efecto impredecible de una recomendación estadounidense

A medida que se acercan los cruciales comicios otoñales, el actual dirigente se topa con un muro de resistencia formidable. En los sondeos más recientes, el líder opositor Gadi Eisenkot y su formación, Jašar, consiguen mantener una ligera ventaja frente a la coalición gobernante del Likud. Ante este panorama, los especialistas en estrategia electoral debaten hasta qué punto una intervención directa de Donald Trump lograría decantar la balanza.

La respuesta parece ocultarse en los últimos estudios sociológicos, los cuales revelan un dato sorprendente: la confianza general de la sociedad israelí en el expresidente norteamericano ha caído en picado durante los últimos años. Según un exhaustivo análisis del Israel Democracy Institute, apenas el 28 por ciento de la población cree verdaderamente que este priorice la protección del Estado judío.

A esto se suma la advertencia del Instituto de Política del Pueblo Judío, que pone el foco en un escepticismo ciudadano generalizado. Una gran parte de los habitantes simplemente desconfía de que llevar a la práctica el diseño de Washington consiga aniquilar de forma definitiva el peligro que representa Hamás.

Por todo ello, las estimaciones de los politólogos sobre la influencia de un aval extranjero se encuentran profundamente divididas:

  • La investigadora Ilana Shpaizmanová, de la Universidad Bar-Ilan, vaticina que el impacto real de semejante respaldo acabará siendo puramente anecdótico en el contexto global.
  • Como contrapartida, Nimrod Novik, perteneciente al Israel Policy Forum, sostiene que la figura del exdirigente conserva un enorme poder de atracción sobre los indecisos del espectro conservador. En una contienda tan reñida, esto podría convertirse en la clave para conquistar los vitales escaños de la Knéset.

Las inminentes votaciones de octubre actuarán, en gran medida, como un plebiscito sobre la gestión de Benjamin Netanyahu y su respuesta a los dramáticos sucesos de octubre de 2023, así como al conflicto posterior. En consecuencia, el experimentado político se adentra ahora en unos meses donde deberá caminar sobre la cuerda floja. Su desafío consiste en maniobrar con extrema destreza para eludir un conflicto abierto con Donald Trump, sin descuidar el imprescindible abrigo de sus bases electorales.

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