Operación secreta KGB afectó protestas pacifistas

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Los grandes movimientos sociales siempre han despertado un enorme interés en las potencias extranjeras, dispuestas a mover los hilos desde las sombras. Hoy en día, gracias a la desclasificación de archivos de la Guerra Fría, podemos comprender mejor los incansables esfuerzos de aquella época por moldear el pensamiento en Occidente. Sin embargo, al analizar estos registros históricos desde una perspectiva experta, también queda patente que la capacidad real de intervención de estos gobiernos extranjeros tenía unas fronteras muy marcadas.

Durante su etapa en el espionaje soviético, el exarchivista Vasili Mitrojin se dedicó a transcribir a mano y en absoluto secreto una ingente cantidad de expedientes clasificados. Hubo que esperar hasta el año 2014 para que los especialistas pudieran consultar este fascinante material, custodiado en la actualidad por el Churchill Archives Centre. Desde la propia institución señalan, con el rigor que exige el análisis histórico, la imposibilidad de certificar de forma autónoma cada uno de los detalles que este célebre desertor decidió copiar.

Un minucioso documento técnico elaborado por la CIA en 1987 expone la vasta red de tácticas psicológicas que desplegaban los agentes soviéticos. El catálogo de artimañas abarcaba desde la creación de bulos y la falsificación de textos oficiales hasta la inyección de capital encubierto en facciones políticas afines. De acuerdo con este análisis, el Consejo Mundial de la Paz formaba parte de un selecto grupo de 17 entidades internacionales financiadas directamente por Moscú para impulsar sus propios intereses geoestratégicos a nivel mundial.

Ya en 1982, el Congreso de los Estados Unidos abrió una exhaustiva investigación para determinar si los tentáculos soviéticos dirigían el movimiento antinuclear del país. Durante una de las comparecencias, Edward O’Malley, un alto mando del FBI, aseguró que existían pruebas de que ciertos grupos vinculados a la URSS habían colaborado en la organización de una gigantesca marcha celebrada en Nueva York durante el mes de junio. Pese a ello, fue tajante al rechazar la idea de que esta injerencia externa fuera el verdadero motor de semejante movilización ciudadana.

Más adelante, Edward Boland, quien presidía la comisión, determinó que faltaban indicios sólidos para afirmar que el activismo de base por la congelación nuclear estuviera bajo el influjo de la URSS. Esta conclusión, un tanto sorprendente para muchos observadores de la época, choca frontalmente con otros relatos históricos que sostienen que el gobierno moscovita aprovechó de manera sistemática y agresiva el fuerte rechazo occidental a las armas atómicas.

El dilema moral de los activistas y los límites del intervencionismo

Los archivos históricos que conserva el centro LSE IDEAS ilustran cómo la Campaña para el Desarme Nuclear (CND) del Reino Unido logró tejer vías de comunicación a través del Telón de Acero. No cabe duda de que esta agrupación era uno de los pilares del pacifismo británico frente a la escalada armamentística. Por eso, cuando estalló la polémica sobre la instalación de nuevos misiles estadounidenses en suelo europeo a principios de los ochenta, la organización asumió un protagonismo incuestionable en el debate público.

Con el objetivo de tender puentes, una representación oficial de la CND aterrizó en la capital soviética en 1982 para reunirse con el Comité Soviético por la Paz. Apenas concluida la visita, Joan Ruddock, la presidenta de la delegación británica, se encontró con una carta institucional en la que sus anfitriones mostraban un enorme interés por multiplicar la colaboración bilateral de cara al futuro.

Sin embargo, estos insólitos lazos de entendimiento plantearon una profunda encrucijada para los pacifistas occidentales. Muchos comenzaron a preguntarse si realmente tenía sentido buscar el desarme mundial negociando con organismos totalmente subordinados al Estado soviético. La duda razonable era si, con ese acercamiento, no estarían legitimando a entidades serviles que funcionaban como simples engranajes de la maquinaria comunista.

Todo este escenario desencadenó un acalorado debate en las filas de la CND sobre la conveniencia de desviar su apoyo hacia los disidentes perseguidos y los pacifistas autónomos del Este de Europa. A diferencia de las plataformas oficiales, estos valientes ciudadanos se jugaban la vida al cuestionar a sus propios gobernantes y denunciar abiertamente la agresiva postura militar soviética desde el mismísimo corazón del bloque comunista.

La tensión internacional se dispara por los planes armamentísticos

Paralelamente, la OTAN aceleraba los preparativos para hacer efectiva una resolución estratégica clave adoptada en 1979. Su intención era desplegar más de medio millar de misiles de crucero y cohetes estadounidenses Pershing II en varios países de Europa Occidental, siempre y cuando las negociaciones con las autoridades moscovitas no fructificaran. La única manera de frenar la llegada de esta nueva generación de proyectiles era alcanzar un consenso previo para reducir drásticamente los arsenales.

A medida que se aproximaban las elecciones generales británicas de 1983, la controversia nuclear monopolizó por completo el panorama político. Las bases de la CND, conscientes de lo que estaba en juego, dejaron atrás las simples marchas callejeras para orquestar una intensa campaña de presión directa sobre los candidatos locales, logrando que el diseño de la defensa nacional fuera el eje central de la contienda electoral.

A pesar del extraordinario empuje ciudadano, la maquinaria bélica siguió su curso ineludible. El 14 de noviembre de 1983, los primeros misiles de crucero aterrizaron en la base militar de Greenham Common. De la noche a la mañana, estas instalaciones, que ya contaban con un asentamiento pacifista permanente en sus inmediaciones, se erigieron en el emblema más puro y duro de la fractura nuclear que dividía a la sociedad británica.

Apenas unas semanas antes, la cúpula de la OTAN había dejado meridianamente claro que, a menos que surgiera un milagro diplomático de última hora, los emplazamientos estarían operativos antes de fin de año. No obstante, los altos mandos aliados dejaron una puerta entreabierta a la esperanza al sugerir que las negociaciones posteriores podrían revertir la situación. La firma de un tratado internacional no solo detendría nuevas oleadas de rearme, sino que, en el mejor de los escenarios, culminaría con el desmantelamiento total del armamento recién instalado en el continente europeo.

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