Cadena criticada por circular interna que limita decir «ataque terrorista» sobre el 11-S

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El peso de las palabras décadas después

Anualmente, el mundo entero se congrega para honrar la memoria de quienes sufrieron las fatídicas horas del 11 de septiembre. Aunque han transcurrido más de veinte años desde el colapso de las Torres Gemelas, la terminología exacta que describe aquella mañana sigue generando acaloradas discusiones. La reciente filtración de una directiva confidencial perteneciente a una importante cadena pública demuestra la enorme sensibilidad que rodea actualmente al vocabulario periodístico.

La instrucción de evitar el término «ataque terrorista»

La existencia de este escrito clasificado salió a la luz pública gracias a una incisiva columna escrita por el periodista Warren Kinsella en el Toronto Sun. En su artículo, defendía con firmeza que lo ocurrido fue un acto de terrorismo premeditado bajo cualquier estándar racional, apoyándose directamente en la definición formal establecida por Britannica.

Este polémico texto estaba diseñado para no salir nunca de las oficinas y se había distribuido de forma exclusiva entre la plantilla de la Canadian Broadcasting Corporation (CBC).

Normas lingüísticas que desatan la polémica

A pesar de la controversia, la emisora nacional defiende férreamente el manual de estilo impuesto a su departamento de noticias. Estas estrictas normas exigen a los redactores no calificar el 11 de septiembre como un ataque terrorista, a menos que sea citando literalmente a una fuente ajena a la corporación.

En su lugar, la cúpula directiva aboga por frases más descriptivas y suavizadas, como «secuestros aéreos que culminaron en accidentes». Semejante postura editorial provocó de inmediato un aluvión de indignación entre representantes políticos y figuras mediáticas de toda Norteamérica.

Durante el análisis de la noticia en Fox News Digital, la concejala neoyorquina Vickie Paladino arremetió con dureza contra el mandato interno, tachándolo de profundamente ofensivo. Desde su perspectiva, esta política semántica supone un menosprecio gélido y calculador hacia la memoria de las incontables víctimas inocentes de aquella jornada.

La defensa de una imparcialidad estricta

Por su parte, los portavoces del conglomerado mediático insisten en que el comunicado es simplemente un recordatorio de protocolos históricos sobre vocabulario delicado. Kerry Kelly, directora de asuntos públicos, ratificó que el método de trabajo habitual de la cadena exige máxima prudencia antes de emitir términos como terrorismo.

Además, aclaró que las pautas instan fundamentalmente a los profesionales a entrecomillar estas expresiones de gran carga emotiva, evitando presentarlas ante la audiencia como verdades absolutas e indiscutibles. La dirección de la empresa está convencida de que mantener esta postura de neutralidad extrema es vital para salvaguardar el rigor periodístico.

En esta misma línea, Brodie Fenlon, redactor jefe de informativos, subraya que relatar actos violentos exige mantener cierta distancia profesional. Advierte que estas palabras poseen un impacto político y sentimental tan profundo que, de usarse directamente, podrían mermar la objetividad global de las noticias.

El dilema sobre la brújula moral del periodismo

Sin embargo, el sector crítico rechaza de plano las justificaciones ofrecidas por la corporación. Rachael Thomas, diputada conservadora, acudió a las redes sociales para manifestar su absoluto rechazo, calificando la decisión editorial de auténtica vergüenza.

  • Una posición innegociable: Afirmó de manera tajante que el 11 de septiembre fue indiscutiblemente un acto terrorista y que no existe margen alguno para debatir este hecho.

Cabe destacar que esta no es la primera ocasión en que la entidad se ve envuelta en una tormenta por sus directrices semánticas. Tras los sucesos del 7 de octubre en Israel, trascendieron instrucciones internas casi calcadas, donde los reporteros enfrentaban las mismas limitaciones para emplear el calificativo de terrorista.

Paralelamente, los gobiernos oficiales, tanto en Canadá como en Estados Unidos, catalogan sin ningún género de dudas a Al-Qaeda como una agrupación terrorista, atribuyéndole la responsabilidad total de las atrocidades del 2001. Así, el complejo debate sobre dónde termina la redacción imparcial y dónde empieza la falta de claridad ética parece estar muy lejos de llegar a su fin.

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