Las viajeras pagan mucho más por su seguridad que los hombres

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Explorar el mundo conlleva un gasto adicional que a menudo pasa desapercibido para las turistas. Las investigaciones actuales indican que el temor a vivir situaciones de riesgo encarece significativamente tanto el alojamiento como el transporte. A su vez, esta preocupación limita bastante el disfrute real del destino vacacional elegido.

Para las viajeras empedernidas, optar por la alternativa más económica del mercado rara vez es una opción viable.

Reservar una cama en un dormitorio exclusivo para chicas o en un hotel cápsula suele salir bastante más caro que alojarse en una habitación mixta. A esto hay que sumarle otros desembolsos ineludibles, como contratar traslados privados desde el aeropuerto o pedir taxis a altas horas de la noche. Muchas también invierten tiempo extra en diseñar su itinerario al milímetro para garantizar que aterrizan en una ciudad desconocida a plena luz del día.

Los especialistas de la Safer Tourism Foundation han acuñado un término muy preciso para describir esta realidad. Lo denominan la tasa de evasión de riesgos. Este sobrecoste encubierto se materializa cuando las mujeres asumen voluntariamente tarifas más altas por servicios seguros, con el único fin de sortear incidentes peligrosos.

El miedo a la inseguridad transforma por completo las rutinas de viaje

Al analizar los datos más recientes, quedan al descubierto unas diferencias abismales en la forma de actuar de ambos sexos durante sus escapadas.

Según las cifras recopiladas por la cadena británica BBC, un 64 por ciento de las turistas evita deliberadamente regresar a su alojamiento sin compañía por la noche. Si observamos al sector masculino, esta precaución preventiva solo la toma el 43 por ciento de los viajeros.

Además, más de la mitad del sector femenino (el 56 por ciento) esquiva por completo transitar por barrios con mala fama. En el caso de los hombres, apenas un 37 por ciento adopta este tipo de cautelas en sus itinerarios.

Resulta aún más revelador comprobar que casi la mitad de las aventureras —un 48 por ciento, para ser exactos— renuncia definitivamente a descubrir ciudades extranjeras una vez que anochece.

La gran brecha de comportamiento comienza antes de hacer las maletas

Desde la fase de organización en el salón de casa, ya se vislumbra un patrón de conducta muy claro. Un abultado 63 por ciento de las mujeres se asegura de contratar un seguro de viaje como medida preventiva de protección, un trámite que solo formaliza el 54 por ciento de los varones.

Más de una tercera parte de las veraneantes (36 por ciento) cuadra sus rutas para llegar al destino antes de que se ponga el sol, mientras que solo un 28 por ciento del público masculino le da verdadera importancia a este detalle logístico.

Las autoridades gubernamentales también respaldan esta dinámica prudente. Las estadísticas del Ministerio de Transporte del Reino Unido evidencian que un aplastante 63 por ciento de las ciudadanas se niega en rotundo a desplazarse solas tras el ocaso. Entre ellos, apenas un tercio (34 por ciento) experimenta ese mismo nivel de inquietud.

La alta demanda dispara las tarifas de las habitaciones femeninas

Esta disparidad se hace especialmente patente en el sector de los alojamientos de bajo coste. Las mochileras se enfrentan a un dilema continuo: ¿guardar su dinero y pernoctar con desconocidos, o rascarse el bolsillo para ganar la tranquilidad de dormir únicamente rodeadas de otras chicas?

Este incremento tarifario no significa necesariamente que los hostales apliquen un recargo malintencionado por protección. En los portales de reservas, los importes fluctúan de forma natural regidos por las férreas leyes de la oferta y la demanda.

Sin embargo, el impacto final en el presupuesto vacacional es exactamente el mismo. Los clientes que sitúan la sensación de bienestar en primer lugar y rechazan las ofertas más baratas, terminan pagando un sobreprecio muy notable.

Por desgracia, la factura a pagar no se limita de forma exclusiva al terreno puramente económico.

De acuerdo con los informes de la Safer Tourism Foundation, el 19 por ciento de las turistas ha sufrido miradas indeseadas o acoso directo durante sus días de descanso. En paralelo, un 26 por ciento se siente profundamente vulnerable al pasear por espacios públicos al caer la tarde.

Lo que resulta verdaderamente alarmante son los registros que muestran un incremento radical en las denuncias por agresiones y vejaciones sexuales en el extranjero. Entre los años 2023 y 2024, esta cifra se ha disparado en la escalofriante proporción de dos tercios.

Por todos estos motivos, calcular el perjuicio monetario exacto que asumen las viajeras para blindar su integridad es una tarea casi imposible.

Unas veces se trata de un simple suplemento por una cama separada, un trayecto en un vehículo privado frente a una caminata, o un coste extra por volar a plena luz del día. Otras veces, este gravamen invisible se cobra en forma de experiencias frustradas y zonas enteras del mapa tachadas a propósito.

El conflicto central va mucho más allá de los carteles de precios de la industria hotelera. La verdadera incógnita es determinar cuántas concesiones personales y qué volumen de impuestos encubiertos debe aceptar una turista promedio, única y exclusivamente, para poder disfrutar de unas merecidas vacaciones en completa paz.

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