Madrugones y un esfuerzo físico considerable componen ahora la rutina diaria de un veterano residente de Nueva York. Esta transformación radical llegó a su vida tras pasar décadas explorando sectores profesionales muy dispares. Su jornada laboral arranca mucho antes del amanecer dentro de los muros de un comercio de alimentación local e independiente.
Los mostradores y estantes repletos de productos frescos deben lucir impecables para recibir a los clientes más tempranadores. A sus 71 años, Robert Solomon ha integrado estos turnos de madrugada como una pieza fundamental de su existencia. Como asistente de compras en la sección de frutas y verduras, recae sobre sus hombros la responsabilidad de mantener una presentación cuidada y garantizar la reposición constante a lo largo del día.
Durante los primeros meses, el ritmo frenético y el levantamiento de cargas pesadas supusieron un verdadero desafío para su organismo. El desgaste físico era tal que, en ocasiones, apenas lograba levantarse del asiento al regresar a casa en el metro. Sin embargo, su anatomía terminó adaptándose al esfuerzo. Hoy en día asegura que esta actividad le ha proporcionado un vigor renovado, aliviando notablemente sus dolores de rodilla y otorgándole una profunda serenidad mental.
Su incursión en la industria de la alimentación fue fruto del puro azar. Cuando la pandemia redujo drásticamente sus horas en una organización sin ánimo de lucro, donde gestionaba el mantenimiento de instalaciones y el soporte técnico, necesitó buscar ingresos adicionales. Así comenzó a colocar mercancía en los anaqueles de una cooperativa alimentaria cercana. Aquello que nació como un parche económico temporal acabó germinando en un capítulo vital completamente distinto.
Un giro hacia un destino totalmente impredecible
Aunque las restricciones sanitarias finalmente desaparecieron y su labor temporal concluyó, las buenas sensaciones perduraron en el interior de Robert Solomon. Por ello, en el año 2022 tomó la decisión de abandonar el sector no lucrativo de forma definitiva. En lugar de regresar a la monotonía de una oficina, que antaño habría sido su elección preferente, apostó decididamente por conseguir un puesto fijo en el comercio minorista.
Lo que verdaderamente le cautivó de este oficio fue su extraordinaria naturaleza tangible. Mientras que en un trabajo de escritorio solía divagar sobre posibles ascensos, aquí puede contemplar el fruto inmediato de su esfuerzo. Los compradores pasean por los pasillos mientras él, en tiempo real, reorganiza cajas, apila hortalizas y se asegura de que los expositores rebosen frescura.
Sus jornadas matutinas se ponen en marcha a las cinco y media o seis de la mañana. Mucho antes de que el local reciba a los primeros visitantes, él ya está preparando los carritos y desembalando las crujientes cosechas. Los vegetales más delicados exigen un mimo especial, obligándole a revisar los artículos de mayor demanda múltiples veces durante su turno.
El cuidado de las verduras de hoja verde y la creación de atractivas exhibiciones visuales le producen una inmensa satisfacción. Aunque esta mecánica diaria pueda parecer sencilla a simple vista, demanda su presencia mental absoluta. Precisa de un instinto certero para saber exactamente qué productos requieren ser renovados, sustituidos o expuestos con mayor gracia.
Precisamente esta necesidad de concentración plena es el motivo principal por el que disfruta tanto de sus tareas. Sencillamente no queda espacio para divagaciones inútiles acerca del estatus social, la construcción del ego o la planificación enrevesada de su futuro profesional.
Tras décadas analizando minuciosamente posibles trayectorias laborales, esta etapa representa una liberación extraordinaria. En el pasado, llegó a valorar seriamente formarse como programador informático, sacerdote o especialista en el ámbito de la salud. Ninguno de esos caminos teóricamente más prestigiosos logró convertirse en su destino definitivo.
Resulta un tanto irónico que la labor más elemental de todas sus opciones sea la que le ha aportado la mayor alegría. No encontró su plenitud vital persiguiendo un cargo rimbombante, sino ejecutando faenas prácticas y terrenales que mantienen sus manos ocupadas y su mente ágil.
El encanto de las habilidades arraigadas en la infancia
Su infancia transcurrió en Brooklyn, en el seno de una familia de ascendencia rusa que otorgaba una importancia suprema al éxito profesional. Su padre ejercía como docente universitario, mientras que su madre llegó a renunciar a una prometedora carrera musical para dirigir un centro preescolar. Por consiguiente, los empleos técnicos y administrativos representaban la cima del progreso dentro de su entorno hogareño.
Si bien los ideales familiares condicionaron su visión inicial del triunfo, su propio recorrido resultó ser muchísimo más sinuoso. A los diecisiete años abandonó sus estudios, logrando su ansiado diploma académico recién a los 46 años. A lo largo de ese largo paréntesis, absorbió un inmenso bagaje de conocimientos prácticos. Se ganó la vida trabajando como pintor, personal de mantenimiento y un hábil carpintero.
En etapas posteriores, probó suerte en la comercialización de iluminación de bajo consumo, además de vincularse intermitentemente con la ya citada ONG. Su búsqueda incesante de una mayor estabilidad y un propósito más trascendental le obligó, una y otra vez, a replantearse sus decisiones laborales.
Sin embargo, ahora ha experimentado una conexión sorprendente con el legado materno. Retiene nítidamente en su memoria la imagen de su infancia observando a su madre lavar con esmero la lechuga y examinar el estado de los alimentos. En aquel entonces no le otorgaba ninguna importancia a esos actos cotidianos. Hoy, al frente de unos estantes rebosantes de vegetales, comprende de repente hasta qué punto aquellas escenas domésticas quedaron grabadas en su subconsciente.
La destreza para evaluar en cuestión de segundos la frescura del género expuesto le genera un bienestar incalculable. El mostrador de la fruta solo admite dos estados: perfectamente ordenado o vacío. Las verduras mustias o marchitas no admiten demoras hasta el día siguiente. Aquel comienzo laboral físicamente devastador ha mutado, de manera paulatina, hacia un escenario donde se percibe más vigoroso que nunca, libre de dolencias y disfrutando de un equilibrio mental perfecto.













