Antes de la medicina moderna, los doctores solían usar sustancias muy tóxicas

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Cuando la enfermedad nos acecha, depositamos nuestra salud con total confianza en las manos del personal sanitario. Afortunadamente, los protocolos clínicos actuales se sustentan en décadas de investigación rigurosa. Sin embargo, si retrocedemos unos siglos en el tiempo, descubriremos recomendaciones médicas verdaderamente insólitas y cuestionables.

Durante miles de años, los curanderos de la antigüedad estaban plenamente convencidos de que el útero femenino podía desprenderse y vagar sin rumbo por el interior del cuerpo. Los antiguos escritos griegos atribuían a este extraño supuesto la causa de convulsiones inexplicables y cuadros de ansiedad extrema.

Como remedio infalible para esta afección imaginaria, los especialistas de la época recetaban baños calientes combinados con abundantes dosis de ajo.

Por otro lado, la sangría se mantuvo como un pilar indiscutible de la práctica terapéutica durante mucho más tiempo. Desde los tiempos del Antiguo Egipto hasta la década de 1940, la comunidad médica recurrió asiduamente a las sanguijuelas para extraer sangre, con la creencia de que esto restauraría el equilibrio perdido del organismo.

Los expertos se aferraron obstinadamente a este popular método, a pesar de que los propios registros de la época demostraban un alarmante aumento en la mortalidad de los pacientes con neumonía.

Curación a través del humo espeso

A lo largo del siglo XVIII, un erudito francés introdujo una técnica completamente descabellada para reanimar a víctimas de ahogamiento. René-Antoine Ferchault de Réaumur instruyó oficialmente a los equipos de rescate para que insuflaran humo de tabaco de forma directa en el recto de los afectados.

La sociedad de aquel entonces tenía la firme creencia de que el calor generado por esta densa humareda lograría despertar a cualquier individuo inconsciente. Tuvieron que pasar muchas décadas para que esta práctica letal fuera finalmente sustituida por maniobras de reanimación auténticas y seguras.

El hábito de fumar también gozaba de un enorme prestigio como tratamiento para las afecciones respiratorias, una postura fuertemente defendida por el respetado facultativo Sir William Osler.

En el año 1901, este experto declaró públicamente que aspirar tabaco convencional resultaba tan beneficioso contra el asma como el uso de cigarrillos medicinales específicos. Conviene recordar que aquellas primitivas alternativas terapéuticas solían incluir hierbas sumamente perjudiciales que desencadenaban alucinaciones severas.

Hábitos cotidianos de alto riesgo

Los anales de la historia clínica están repletos de prescripciones aterradoras provenientes de los albores de la farmacología. Los profesionales de antaño fomentaban con entusiasmo el consumo de compuestos que hoy catalogamos como extremadamente tóxicos:

  • En 1884, un joven Sigmund Freud ensalzó las virtudes de la cocaína como un estimulante excepcional, mucho antes de comprender el devastador potencial adictivo de esta droga.
  • La incipiente industria farmacéutica comercializó la heroína bajo la apariencia de un inofensivo jarabe para la tos. Llegado el año 1911, una conocida empresa llegó al extremo de vender gotas de heroína formuladas específicamente para niños de tres años.
  • El médico John Harvey Kellogg ideó sus famosos cereales de maíz con el propósito deliberado de apaciguar los impulsos sexuales de la población y frenar la masturbación.

Para erradicar aún más la aparición de estas supuestas malas costumbres entre los jóvenes, el creador de estos populares desayunos defendía sin piedad la práctica de dolorosas circuncisiones prescindiendo por completo de cualquier tipo de anestesia.

Tratamientos extremos para patologías graves

Antes de que se descubrieran los antibióticos modernos, el personal sanitario recurría con asiduidad a la administración de compuestos altamente venenosos. El cirujano estadounidense Samuel D. Gross documentó ya en 1874 cómo los enfermos de sífilis eran sometidos a letales curas a base de mercurio, un procedimiento que provocaba la caída masiva de los dientes y daños neurológicos irreversibles.

Otros especialistas buscaron desesperadamente preservar vidas mediante infusiones de líquidos experimentales. Durante 1878, el facultativo T. Gaillard Thomas intentó compensar las hemorragias de sus pacientes inyectando leche de vaca directamente en su torrente sanguíneo.

Lejos de lograr una recuperación milagrosa, esta extravagante intervención únicamente desencadenó fiebres altísimas y complicaciones respiratorias de extrema gravedad.

La malaria como herramienta clínica

Más adelante, el psiquiatra de origen austríaco Julius Wagner-Jauregg identificó un patrón fascinante en individuos que padecían sífilis avanzada. Esta severa infección terminaba devastando el cerebro, dejando a los afectados en un estado de parálisis, demencia profunda o inestabilidad psiquiátrica.

No obstante, el galeno dedujo astutamente que elevar la temperatura corporal de forma drástica podría mitigar en parte estos terribles padecimientos. Basándose en esta premisa, en 1917 infectó intencionadamente a nueve sujetos con una cepa letal de malaria, con el único fin de inducirles un estado febril extremo.

Curiosamente, esta hipertermia provocada de manera deliberada logró una notable mejoría clínica en seis de los individuos tratados, y tres de ellos experimentaron tal nivel de recuperación que pudieron reincorporarse a sus ocupaciones laborales habituales.

Este audaz y polémico ensayo clínico le valió al médico el prestigioso Premio Nobel una década después. Sin embargo, el sector médico optó por ignorar una realidad bastante más sombría: el contagio selectivo de malaria acabó con la vida de múltiples personas poco tiempo después de concluir esta agresiva terapia.

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