Conseguir el lugar ideal junto a la piscina se ha convertido en una rutina matutina ineludible para muchos veraneantes. Asegurar una hamaca confortable a un paso del agua resulta vital para desconectar de verdad y exprimir al máximo los días de descanso.
Sin embargo, cuando llega la temporada alta a los destinos más cotizados, estas ansiadas plazas se esfuman en un abrir y cerrar de ojos. El motivo principal son esos viajeros que, incluso antes del desayuno, delimitan su territorio dejando pertenencias personales para luego desaparecer del recinto durante horas.
Semejante actitud acaparadora acaba desquiciando, de manera muy comprensible, a quienes simplemente buscan tumbarse al sol desde el primer instante de la mañana.
Decidió tomarse la justicia por su mano
Las disputas por estos codiciados rincones son ya un clásico indiscutible de los viajes vacacionales. No obstante, Tom Caunce, un británico de 31 años originario de Southport, decidió plantar cara a esta falta de cortesía durante una escapada familiar a Mallorca, negándose a tolerar por más tiempo el egoísmo ajeno.
Cada mañana, este turista observaba estupefacto cómo un mismo grupo de personas monopolizaba las mejores tumbonas del complejo y, acto seguido, se ausentaba durante media jornada. En lugar de acudir a presentar una queja formal en la recepción del hotel, optó por atajar el conflicto a su particular manera.
Con mucho cuidado, esparció polvos pica-pica sobre una de las toallas abandonadas. Tras preparar la sigilosa trampa, se sentó discretamente a poca distancia para contemplar en primera fila el desenlace de su maniobra.
«Casi todo el mundo ha experimentado esa tremenda frustración al buscar un sitio libre en sus vacaciones. Al cabo de unos días, sencillamente se me agotó la paciencia», justificaría más tarde al explicar qué le impulsó a actuar así.
Un desenlace doloroso con riesgos para la salud
El artífice de esta jugarreta no tuvo que aguardar demasiado para presenciar la reacción. Apenas un minuto después de acomodarse, el dueño de la toalla manipulada comenzó a rascarse las piernas con absoluta desesperación.
Buscando un alivio rápido para aquel intenso ardor, el hombre se lanzó de cabeza al agua. Pero, al salir de la piscina, cometió un error garrafal: volvió a secarse con esa misma tela impregnada, lo que multiplicó su agonía de forma drástica e inmediata.
Como era previsible, este peculiar episodio ha desatado una intensa controversia. Aunque algunos ven en esta acción un escarmiento merecido, es fundamental advertir contra el uso de este tipo de tácticas. Aplicar sustancias desconocidas sobre la piel de terceros conlleva peligros que no deben pasarse por alto:
- Desarrollo de reacciones alérgicas severas e imprevisibles.
- Irritaciones cutáneas prolongadas y sumamente dolorosas.
- Complicaciones médicas graves que trascienden por completo lo que parece una simple broma de verano.
Por regla general, la típica contienda por las hamacas suele terminar con huéspedes indignados apartando los objetos ajenos, escondiéndolos o, como mucho, colgándolos en los árboles cercanos. Lo ocurrido en este resort mallorquín deja patente con qué asombrosa facilidad un enfado vacacional cotidiano puede descontrolarse hasta convertirse en un ataque directo y peligroso para la integridad física.













