Desde que estalló el conflicto a gran escala, el sistema sanitario de Ucrania ha tenido que soportar una presión inmensa y un nivel de devastación sin precedentes. Aunque desde Moscú insisten repetidamente en que sus ataques se dirigen de manera exclusiva hacia posiciones militares, los registros oficiales sobre la infraestructura médica revelan una realidad mucho más sombría.
Según los balances más recientes recopilados hasta el 1 de septiembre, la alarmante cifra de 2.687 estructuras pertenecientes a 854 complejos médicos han sido alcanzadas o reducidas a escombros. El nivel de destrucción es especialmente severo en el sur y el este del territorio. Concretamente, las regiones de Járkov, Donetsk, Dnipropetrovsk, Jersón y Mykolaiv, junto con la propia capital, Kiev, concentran las peores pérdidas materiales.
Este castigo continuo no solo afecta a los hospitales tradicionales, ya que las flotas de emergencias móviles también están sufriendo un desgaste extremo. Hasta el momento, las tropas de invasión han destrozado por completo 345 ambulancias y causado averías críticas a otros 225 vehículos de rescate. Además, se calcula que los atacantes han confiscado alrededor de 80 unidades de transporte sanitario.
Un ciclo interminable entre la ruina y la reconstrucción
Pese a convivir con el riesgo constante de nuevos bombardeos aéreos, existe una lucha tenaz por mantener en pie esta red de asistencia vital. Los equipos de reparación y trabajadores locales ya han logrado restaurar íntegramente 752 edificios sanitarios. De forma paralela, otros 317 centros operan actualmente bajo condiciones de reconstrucción parcial. Gracias a esto, cerca de una cuarta parte de la capacidad clínica dañada en un principio vuelve a estar lista para atender pacientes.
Sin embargo, conseguir que estas clínicas recién reparadas sigan abiertas supone un desafío monumental. Lamentablemente, suelen convertirse en el blanco de ofensivas posteriores, lo que echa por tierra el enorme esfuerzo de los operarios. La cruda realidad muestra que al menos 87 instalaciones médicas completamente rehabilitadas sufrieron nuevos ataques apenas unos días después de reabrir sus puertas.
Ninguna ubicación garantiza una seguridad absoluta
Estar lejos de las líneas de combate más activas tampoco sirve como escudo definitivo frente a la amenaza que llega desde el cielo. Un claro ejemplo de esta vulnerabilidad es un enorme complejo clínico que tuvo que ser evacuado desde Mariúpol hasta Kiev para intentar salvaguardar la integridad de los enfermos y la plantilla. Pese al esfuerzo logístico, durante los intensos ataques con misiles y drones de principios de julio, este hospital reubicado en el corazón de la capital padeció daños masivos nuevamente.
Es muy probable que las verdaderas dimensiones de esta catástrofe superen con creces lo que reflejan los recuentos actuales. En aquellos territorios que hoy permanecen bajo ocupación rusa, resulta del todo imposible aplicar un método fiable para verificar el estado arquitectónico de los edificios. En la práctica, esta falta de acceso borra a regiones enteras de las estadísticas globales de destrucción.
Frente a estas condiciones de trabajo de riesgo extremo, los profesionales de la salud se niegan rotundamente a abandonar a quienes más los necesitan. A día de hoy, consiguen mantener el funcionamiento pleno en 1.639 establecimientos, mientras que 187 trabajan con serias limitaciones y 241 tuvieron que trasladarse a enclaves más protegidos. Mientras duren las hostilidades, médicos y enfermeros continuarán salvando vidas incansablemente dentro de quirófanos improvisados y estructuras bombardeadas, garantizando que la población más vulnerable reciba cuidados esenciales.













